El equipo nervionense cae en descenso tras perder en Pamplona y afronta cinco finales con más dudas que certezas
El Sevilla FC ya no vive una mala racha. Vive una emergencia deportiva, institucional y emocional. La derrota ante Osasuna en El Sadar, con un gol de Catena en el añadido, ha dejado al equipo de Luis García Plaza en puestos de descenso y con una sensación difícil de ocultar: ahora mismo, el sevillismo mira más al calendario que al juego.
El golpe fue especialmente cruel. El Sevilla se adelantó con un tanto de Maupay, pero volvió a enseñar una fragilidad alarmante en los minutos decisivos. Osasuna empató en la recta final y remató el partido en el minuto 99, una escena que resume buena parte de la temporada sevillista: competir a ratos, sufrir demasiado y no saber cerrar los partidos cuando más falta hace.
La clasificación ya no permite discursos templados. El Sevilla es 18º con 34 puntos y está a un punto de la salvación, con cinco jornadas por delante. La permanencia sigue siendo posible, pero el margen se ha reducido al mínimo y el calendario convierte cada partido en una final sin red.
Ni el banquillo ni los despachos transmiten calma
La llegada de Luis García Plaza no ha producido el efecto esperado. El técnico ha sumado solo tres puntos en sus primeros cuatro partidos y el equipo no ha encontrado una reacción clara. Tras la derrota en Pamplona, el entrenador habló de rabia e impotencia, especialmente por el tiempo añadido, pero el problema del Sevilla parece ir mucho más allá de una decisión arbitral o de una jugada puntual.
El equipo transmite miedo. Y cuando un equipo juega con miedo en la zona baja, cada error pesa el doble. La plantilla tiene problemas de confianza, de contundencia y de calidad para sostener los partidos en los momentos más delicados. La sensación es que el Sevilla necesita mucho para marcar y muy poco para venirse abajo.
A eso se suma un clima institucional muy deteriorado. El club arrastra meses de tensión, dudas en la planificación y una profunda desconexión entre la grada y la dirección. La crisis ya no se explica solo desde el césped. El Sevilla ha llegado a este punto por acumulación: malas decisiones, plantilla limitada, cambios de entrenador y una pérdida progresiva de autoridad deportiva.
El Sánchez-Pizjuán aparece como el último salvavidas
En este escenario, el Ramón Sánchez-Pizjuán se convierte en el gran argumento que le queda al Sevilla. No por lo que ha hecho el equipo en casa durante la temporada, sino por lo que puede generar la afición en una situación límite.
Al Sevilla le quedan partidos decisivos y tres de ellos serán en Nervión. Entre ellos, duelos directos o de enorme importancia ante rivales como Real Sociedad, Espanyol y Real Madrid, según el calendario publicado por varios medios.
La pregunta es si el estadio será capaz de empujar a un equipo bloqueado o si la presión terminará siendo otro peso más. El sevillismo sabe que está ante una de las situaciones más delicadas de los últimos años. El descenso ya no es una amenaza lejana. Es una realidad en la tabla.
El Sevilla todavía depende de sí mismo en buena parte de la pelea, pero necesita algo que hasta ahora no ha conseguido: ganar, sostenerse emocionalmente y dar una respuesta inmediata. Ya no valen las explicaciones largas. Ya no sirve mirar atrás. La permanencia se jugará en el césped, pero también en la cabeza.
Y ahora mismo, lo único que parece realmente en pie es su gente.