La Hermandad de Montesión aparece en la obra Semana Santa en Sevilla de Francisco Almela Vinet, publicada en 1899, bajo el título de Cofradía de la Sagrada Oración del Huerto y Nuestra Señora del Rosario. El autor la presenta como una corporación dedicada a la contemplación de la oración ferviente de Jesucristo en la noche de sus padecimientos, en el misterio de Getsemaní. Según recoge esta publicación, su origen se sitúa hacia la mitad del siglo XVI y sus primeras reglas fueron aprobadas por la autoridad eclesiástica el 14 de octubre de 1558.
El libro señala que existían distintas versiones sobre sus comienzos. Unos situaban su origen en el Hospital de las Cinco Llagas, conocido popularmente como el de la Sangre, mientras que otros lo llevaban a la ermita de Belén. Lo que sí da por seguro la fuente es que desde 1671 la hermandad reside en su capilla propia, levantada gracias a la piedad de una señora apellidada Becerra, que compró el terreno con su propio dinero y lo costeó para la corporación.
Uno de los aspectos más llamativos del texto de 1899 es la imagen de esplendor que proyecta de Montesión en sus primeros tiempos. Almela Vinet asegura que pocas cofradías pudieron igualarla en riqueza y ostentación, hasta el punto de conservar, según testimonios antiguos, más de diecinueve arrobas de plata labrada en alhajas para la procesión y la capilla. El autor añade una interpretación muy reveladora: muchos atribuían esta abundancia a que entre sus primeros hermanos hubo patronos o dueños de barcos vinculados al tráfico con América, que habrían enriquecido la corporación con metales preciosos traídos del Nuevo Mundo.
La descripción de la capilla también tiene gran valor histórico. El libro explica que estaba adosada a la iglesia del convento de Montesión y que contaba con cuatro altares. El principal estaba dedicado a la Santísima Virgen titular de la corporación; en otro altar se encontraba la imagen del Señor que salía en la cofradía; y en los restantes había un Crucificado de tamaño natural y una pintura del Salvador del Mundo, de escuela flamenca y considerada de bastante mérito.
Especial relevancia adquiere la autoría de las imágenes. La publicación afirma que las que procesionaban en Semana Santa eran del célebre Pedro Roldán y las considera de lo mejor que hizo este escultor. También destaca la belleza del ángel del misterio, del que algunos dudaban si era obra de otro artista, aunque otros lo atribuían igualmente a la misma mano. Sobre la Virgen, el texto insiste en que también era de gran mérito y del propio Roldán. Incluso menciona un episodio patrimonial: la cabeza de San Pedro fue sustraída por una persona desconocida y sustituida primero por otra de pasta y más tarde por una nueva talla de valor, aunque el autor no pudo averiguar quién la hizo.
En 1899, Montesión hacía estación con dos pasos, ambos construidos en 1833. El primero representaba la Oración en el Huerto, con el Redentor arrodillado en el centro, suplicando al Padre que apartase de sí aquella amargura. Delante descendía el ángel con un cáliz en una mano y una cruz en la otra, mientras cerca del Señor aparecían dormidos los apóstoles Pedro, Juan y Santiago. La obra se completaba con una peana dorada, restaurada en fechas recientes para la época, y varios relieves antiguos con escenas de la Pasión.
El segundo paso era el de la Santísima Virgen, que iba sobre peana de cobre cincelada y plateada, bajo palio de terciopelo negro bordado en oro. El texto describe a la Señora con una túnica blanca bordada y manto de terciopelo negro, también ricamente bordado en oro. Además, se indica que ambos pasos se guardaban en un almacén propio situado en el compás de la iglesia.
El libro también recoge detalles identitarios de la hermandad. Su escudo aparecía formado por la Cruz de San Juan, un cáliz delante y el rosario alrededor. En cuanto al hábito, los nazarenos vestían túnica blanca, capa negra y antifaz negro. Almela Vinet deja constancia, además, de que la corporación hacía estación a la Catedral el Jueves Santo por la tarde.
La visión que ofrece esta fuente de finales del siglo XIX muestra a Montesión como una de las hermandades con más personalidad histórica de la Semana Santa sevillana: antigua, rica en patrimonio, marcada por una fuerte devoción y estrechamente vinculada al gran arte barroco sevillano. Más de un siglo después, ese retrato sigue teniendo enorme interés para comprender cómo era contemplada entonces una de las corporaciones más reconocibles de Sevilla.
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